Harley Quinn (Harleen Francess Quinzel) es un personaje ficticio de DC Comics, eterna enamorada del Joker y enemiga de Batman. Fue creada por Paul Dini y Bruce Timm para Batman: La Serie Animada, y su popularidad fue tal, que pronto pasaría formar parte regular del Universo DC.
Su nombre, propuesto por el Joker, está basado en Arlequín y es un retoque a su nombre original (Harleen Quinzel). A su vez, Harley suele referirse al Joker como "Pastelito" (en inglés: Puddin') y "Sr. J".
Su primera aparición fue en 1992 en el episodio nº 22 (Joker's Favor) de Batman: La Serie Animada. A partir de allí, su voz fue interpretada durante años por la actriz Arleen Sorkin en las series animadas y posteriormente por Hynden Walch en The Batman. El origen definitivo del personaje fue escrito en el cómic unitario The Batman Adventures: Mad Love de 1994 y su inserción oficial en el Universo DC ocurrió en 1999 durante la saga "Tierra de Nadie", siempre de la mano del guionista Paul Dini.
Joker: "He notado la llegada de algunos cambios desde que llegaste a mi vida.
He recordado cómo era sentirse parte de una pareja. Cuidar de alguien
que cuida de mí. Es la primera vez en mi memoria reciente que tengo esos
sentimientos... ¡Y odio tener esos sentimientos!".
miércoles, octubre 31, 2012
Algo que me encontré por ahí
La isla flagrante
Me ocurre que voy perdiendo girones de mi vida recostado sobre el césped
barroco del universo. Hay un peso inamovible e infranqueable que se tumba entre
mis ojos y mis hombros; arrinconándome entre los pliegues de un oscuro altillo
por dónde aparecés con tus gritos desencajados y esa insistente manera de
forzarme a cargar con nudos marineros en la garganta. Los mensajes se van
acumulando en una inmensa montaña de reproches que, a decir verdad, nunca he
sabido responder. Es que a veces me pregunto si tu insidiosa maraña de
fatalismos está destinada a ocuparme todos los espacios de la casa, dejándome
apenas un rincón resquebrajado y asfixiante. Ya no sé cómo ocultar pedazos de
memoria ante Cristina Yanzón, que en su afán de dejar libre toda asociación de
recuerdos se va acercando al centro de mis obituarios. Y me esfuerzo hasta las
náuseas para no soltar mis muertos que viven retorciéndome el cerebro por las
tardes y las noches –sobre todo por las noches–, en un continuo baile de
adoradores de Seth. Pero no podría librarme de parte de mi responsabilidad, en
mis continuos ataques de indiferencia, que constituyen, en todo caso, una
suerte de defensa que se va imponiendo sin siquiera darme cuenta. Es que a
veces las cargas tienen un aire pestilente que se nutre de todas nuestras
fantasmagorías y se ríen como cerdos, llevándose bolsones de energía como si se
trataran de perfectos chupacabras. Pero entendé que nos es, ni nunca ha sido,
mi intensión dejarte sazonar en leche hervida; es que no puedo soportar la
angustia de saber que cualquier cosa que haga, por más nimia que esta sea, será
susceptible de cortarse con una aguja de tejer. Es allí donde residen la
mayoría de mis no-contestaciones y mis intenciones de cambiar de aire a la
primera oportunidad. Es allí donde reside mi reticencia a tomar el colectivo y
presentarme con mi bolso bordó y algunos libros para matar el tiempo entre un
grito y otro.
Siempre tengo algunos buenos recuerdos de tus cabellos y de tus ojos,
pero éstos son tan mínimos y ocultos que hace falta una manada entera de
roedores escarbando la tierra para que afloren los terrones: durante años sólo
he sentido plesiosauros saltándome como a una cama elástica. Sé muy bien que no
has tenido grandes momentos de alegría y que yo no he sido capaz ni de entregarte
un pedazo de papel con una firma autografiada y un sellito de papa que indique
que he llegado a “ser”; sin embargo, no sé, hay algo que me retiene en este
subsuelo apático, casi desvergonzado, sin un gramo de fuerza siquiera para
levantar el dedo meñique en señal de elevación. Las desviaciones por la
tangente ejercen un poderoso magnetismo en mí. No hay día que no encuentre el
modo para escapar de lo que debería hacer o ser, escabulléndome como un
condenado alucinógeno por las rendijas más inverosímiles que la vida puede
otorgarnos. Es algo que me viene de golpe, sin aviso, entrando por la ventana,
por la puerta, por el ojo de la cerradura, por cualquier hendija de la casa. Y
es putrefacto. Mal vivir para agotarse en un espléndido carmín es como morir de
frente a un taburete de hierro oxidado. Quizás sea una exageración, un
ejercicio de actuación hereditaria, una costumbre pérfida que ha venido pegada
a cada uno de mis glóbulos, los blancos y los rojos, pero me es difícil
extirparlo. Nunca he tenido alma de oncólogo.
Hace calor; un calor que aún no llega a la insoportabilidad, pero sí es
de esos que le impiden a uno quedarse quieto quién sabe por qué extrañas
razones. Es aun invierno, sí, pero eso no le imposibilita a la temperatura
elevarse más allá de sus limitaciones estacionales; ciertamente no existe una
lógica única y lineal, y así como las amas de casa comienzan a acceder a
puestos de relevancia en las estructuras de la sociedad civil, el calor
comienza a hacer caso omiso de las estaciones. Creo que estoy solo; a menos que
haya perdido la capacidad auditiva, el ogrito que habita a un costado de mis
costados no se ha hecho presente hoy. No se escuchan sus pasos, ni el agua del
termo cayendo sobre la yerba del mate, ni el sonido de ese juego de rol que
jamás comprendí: una lucha a muerte entre ejércitos de criaturas épicas y
verdaderamente extravagantes salidas de un libro de los años ’50. Su presencia,
desde hace un largo tiempo me incomoda, sin llegar a molestarme. Y lo hace
incluso cuando se mantiene encerrado. De tanto en tanto desconozco mis pasos,
pero deduzco que me he movido: los paquetes de cigarrillo están ahí para
decirlo. El diván se hace carne de pollo, se enrosca en mi cuello, se anuda a
mis ojos, retuerce las guirnaldas y se mete a deshollinarme los entreactos.
Recuerdo el paisaje de mi antigua niñez, entre mortales en la arena, quirófanos
y médicos, entre aquel punzón que se mete en el muslo de ese jaropado podrido,
papas con témpera alimentando a un niño sin rostro y la vulgar saeta romboide
que solía colarse en las mañanas. Desde entonces no he sido más que un
perdedor, un perfecto don nadie que se contentaba dibujando dinosaurios y reyes
en los coliseos.
–En los durmientes hay siete estrellas sin ovillo.
–¿Y quién dijo que puedo dar saltos al vacío?
–Tu capacidad de disociación es tan amplia como una rodaja de queso
parmesano.
A las 4 de la tarde los pájaros pían como si hubieran recuperado esa
facultad hace apenas media hora. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí.
Pí. Retumban incesantemente en el hueco del edificio. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí.
Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Pí. Y yo, recostado sobre un colchón duro como roca, me
esfumo las últimas bocanadas de nicotina que aún resisten. ¡Menudo apartheid el
que me he impuesto! Se me arrugan las manos de tanto buscar corazas y
cortaplumas, de tanto buscar la redención en gaseosas de litro y medio (“te
encargo el envase”). Suenan, pues, campanas que jamás habían sonado con
anterioridad, en un constante tintineo que se despanzurra sobre el sofá. Ese
mismo sofá que hasta hace un tiempo atrás –poco, muy poco– supo cobijar algunas
medias reses pudriéndose al sol.
De niño solía jugar sobre los tejados, saltando de casa en casa, con los
puños en alto y sin mirar hacia abajo. Sobre mí, el circulo celeste que todo lo
envuelve, y los ojos gigantes y enteramente abiertos de alguna amatista
presdigitando los encerrones de los alabeos. De vez en cuando daba pequeños
golpes de muérdago, para alcanzar ese estado semiautomático que los holandeses
adoran y los ha hecho tan famosos. En otras ocasiones intentaba sufragar un
aire de alquitrán o de escaparate para domar el hervor de las venas en plena
riña de gallos. Siempre he querido volar, hacerme de plumas y arrojarme de lo
alto de los edificios –jamás a campo traviesa– para recorrer la ciudad como un
pequeño gorrión. Eran de esos sueños inocentes que se suelen tener entre
helados de crema, malabares y torres de filamento. Hoy dudo que quepan en el
hueco de mis pantalones. Pero si he de tener algún fraseo cercano a una
estampida, sería de mi predilección que éste se amolde al verbo más estruendoso
del vecindario. Sólo así podría redimir el pastizal que adeudo en la oficina de
correos.
Y se me planta, a 12 islotes de distancia, una P. onca mesembrina de
quince metros y medio. Me muestra los dientes y me mira desafiante, con los
ojos inyectados de sangre, rojos, rojos, rojos. Se agazapa entre herbales y
rocas macizas; no mueve un solo pelo. De golpe ruge con la potencia que sólo
las turbinas de las centrales nucleares alcanzan. Se vuelve azul, violeta, se
le erizan los pertrechos y da zancadas a velocidades de otro mundo. Se
ahuyentan los carpinchos, se aplastan los uvales, se esconden los tlapololotes.
No llega el terror, pero sí el fastidio, esas ganas irrefrenable de gritarle
unas cuantas sinrazones y aplicarle un soterrado fermento de estiércol. Sin
embargo, por esas reglas culturales que nos han dejado nuestros ancestros, se
refrenan las guerreadas, dejando un sabor a mescalina en el paladar. ¿Quién
entiende los falsetes estrambóticos que cuelgan de lo alto de la pirámide
medioambiental? Seré yo un perfecto sanslamuʀ, pero encuentro en
todo ello un signo de absoluta irracionalidad y estupidez. Pero el aire es
gratis.
Hubo un tiempo en que llegué a tener lástima de los corredores de la
bolsa, de la de Nueva York, Bombay o Buenos Aires. También he tenido lástima de
las orquídeas, de las ranas disecadas, de los peatones que esperan en las
esquinas (no hay nada más triste que detenerse ante un semáforo), de los
ortodoncistas, de los caracoles amaestrados, de los guisantes sin baño de
salsa, de –sobre todo– los personales de policía y fuerzas armadas. Todas las
voy perdiendo y recuperando de a momentos. Pero la que aún conservo inamovible
es la lástima por mi propia envergadura, que no tiene más estrellas que un
clavel en una duna.
viernes, octubre 19, 2012
Cuando llegue el día
Ella está cansada de abrir los ojos cada mañana, él espera a que ella se levante para descansar un poco, no puede. Tantos años juntos y al mismo tiempo tan lejos ambos que ya se han acostumbrado a vivir así.
Ella camina arrastrando una descolorida bata que se pone sobre su pijama con fastidio. Él la observa desde la cama sin decir una palabra. Ella murmura sobre el frío intenso que ha sentido este invierno mientras el baño se llena con el vapor de la regadera. Entre el sonido de las gotas que caen al piso se escucha levemente un llanto casi mudo. Él no se mueve, ve el vapor salir del cuarto de baño y permanece en silencio. Sabe que sería un buen momento para levantarse y correr a abrazarla pero no serviría de nada, ya no son unos niños, no queda nada de esos veinteañeros que se casaron hace casi cincuenta años.
Él recuerda el amor pero ya no lo siente, sin embargo sabe que debe cumplir, ella finge que ya no le importa, finalmente duele menos cuando no te importa que cuando la herida está abierta. Mientras ella está en la regadera cierra los ojos y finge que el mundo no está ahi, se encuentra en otro lugar muy lejos donde todo está bien y no hay tristeza. Pasan casi 40 minutos hasta que recuerda que hoy la visitarán sus hijos y se apresura a ponerse guapa. Una sonrisa se asoma por unos instantes.
Cuando regresa a la recamara él ya se ha levantado aunque ella ni si quiera lo ha notado, está tan apurada que no se percata de que se encuentra parado en la esquina del cuarto vistiendo una chaqueta de cuero. A ella siempre le gustó como lucía él con esa chaqueta, ella se la había comprado como regalo de cuempleaños un 10 de diciembre y aunque le quedaba un poco justa él fingía que le quedaba perfecta.
Ella sigue arreglandose para verse linda para sus hijos, abre un cajón para sacar su collar de pequeñas piedras y junto a éste ve una fotografía de él. Hace 20 años en un lujoso restaurant los dos cenando y él vistiendo la chaqueta de cuero. Antes él solía ser muy complaciente, en el fondo ella sabía que la chaqueta no le encantaba a él y sin embargo siempre la traía puesta para darle gusto a ella. Sonríe por un instante y guarda la fotografía al fondo del cajón, no quería mostrar alguna emoción por la foto. Él se acerca y se detiene a su lado ansioso por que ella escuche que es lo que tiene que decir pero no puede. Ella se aleja, se dirige al pequeño recibidor y se sienta a esperar a sus hijos.
Está molesta, recuerda la escena, el día en que tomaron la fotografía estaban tan felices, ella le hizo prometer a él que esté siempre a su lado, él lo prometió, ella ríe, se besan. De regreso a casa el camino estaba lleno de niebla y apenas incorporandose a la carretera que los llevaría a su hogar otro carro los embistió. Ella despertó en un hospital despues de una semana. Él se había ido, ella ni si quiera se despidió de él. Todo cambió en un instante.
Mientras escudriñaba en sus recuerdos suena el teléfono, ha habido un contratiempo y sus hijos no podrán ir, quizas la siguiente semana habrá tiempo de visitarla. Ella regresa a la recamara, se recuesta y como si supiera que él la está escuchando dice en voz alta : "Cuando llegue el día y vengas a buscarme no olvides usar la chaqueta que te regalé mi amor."
jueves, octubre 04, 2012
Amadeo Avogadro
Hoy es Jueves,... día del post intelectual,... el día elegido de la semana para ponerme seria y postear lo que se me venga en gana sabiendo que al 90% de los que entren hoy les va a valer 3 pepinos.
A diferencia de la época en la que vivimos donde somos más egocéntricos y materialistas y conectados al mundo y sus noticias mediante internet, hubo una época donde la curiosidad sobre el por que de las cosas nos arrojó personajes interesantes que desarrollaron teorías que hasta la fecha son la base de lo que conocemos. Un tipo de estos fue Amadeo Avogadro (1776-1856), italiano el hombre, físico y químico. Primero estudió Leyes y más adelante se interesó por la física y química, desde 1820 hasta su muerte fue catedrático en la universidad de Turín. No solo se dedicó a investigar el comportamiento de los gases, este personaje investigó en otras áreas como la electricidad. Sin embargo lo más conocido al oír su nombre o que se nos viene a la mente es su famosa "Ley de Avogadro", que claro que en esa época fue desacreditada y aceptada hasta 1850.
Ley de Avogadro: " dos volúmenes iguales de gas a la misma temperatura y a la misma presión contienen el mismo número de moléculas." Se oye como cualquier cosa pero esto fue un avance para la teoría atómica. El número de Avogadro (número de moléculas contenidas en un mol) obviamente fue nombrado así en honor de Amadeito.
El susodicho:
A diferencia de la época en la que vivimos donde somos más egocéntricos y materialistas y conectados al mundo y sus noticias mediante internet, hubo una época donde la curiosidad sobre el por que de las cosas nos arrojó personajes interesantes que desarrollaron teorías que hasta la fecha son la base de lo que conocemos. Un tipo de estos fue Amadeo Avogadro (1776-1856), italiano el hombre, físico y químico. Primero estudió Leyes y más adelante se interesó por la física y química, desde 1820 hasta su muerte fue catedrático en la universidad de Turín. No solo se dedicó a investigar el comportamiento de los gases, este personaje investigó en otras áreas como la electricidad. Sin embargo lo más conocido al oír su nombre o que se nos viene a la mente es su famosa "Ley de Avogadro", que claro que en esa época fue desacreditada y aceptada hasta 1850.
Ley de Avogadro: " dos volúmenes iguales de gas a la misma temperatura y a la misma presión contienen el mismo número de moléculas." Se oye como cualquier cosa pero esto fue un avance para la teoría atómica. El número de Avogadro (número de moléculas contenidas en un mol) obviamente fue nombrado así en honor de Amadeito.
El susodicho:
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